4- Segunda marcha (acelera)
Caminaba por la calle, distraído, observando los aparadores. Todo me parecía nuevo. Era extraña la sensación de estar paseando por las mismas calles de siempre, y a la vez, todo parecía distinto, nuevo. Cuando eres alcohólico la realidad se va transformando a tu alrededor sin que la percibas: los aparadores van cambiando, algunas tiendas cierran, otras abren, aparecen restaurantes nuevos, nuevos vecinos… y tú, borracho, solo eres capaz de mirar el suelo. Eso nunca cambia. Los mismo tristes adoquines grises, a juego con la vida. Los colores solo pueden verse mirando hacia arriba.
“¿Robi?” – escuché una voz detrás de mí, me giré – “¡Robi! – exclamó, y se acercó con paso acelerado.
Los engranajes de mi mente empezaron a desoxidarse “¿Quién es?” me preguntaba… “¡Qué más da! Si te conoce es que debe ser igual de gilipollas que tú” decía mi Hitler mental. Pero mi mente, sin escuchar, tenía el foco en descubrir quién era la persona que se acercaba, sobre todo porque no sabía si con su paso rápido se acercaba un abrazo o una hostia.
“¿David?” – Pregunté en voz alta, precipitadamente, cuando en realidad todavía quería mantener esa duda dentro de mi mente, pues no estaba seguro de si era él. No se me da bien controlar cuando hablar y cuando callar.
Pero era David, un buen amigo al que fui perdiendo por recorrer mi camino a la autodestrucción. Imagino que se fue cansando, como todos. Nuestra relación se fue diluyendo tras la muerte de Claudia e Irene. David y Yolanda eran una pareja asidua en las cenas que hacíamos en nuestra casa, también en la suya, pasábamos fines de semana juntos con su hijo Samu. ¿Cuántos años hacía que no nos veíamos, cuándo fue la última vez que nos cruzamos? ¿Cinco quizás… o más?
“¡Robi, no me puedo creer que seas tú!” – Me dio un efusivo abrazo. Respiré tranquilo, principalmente por el hecho de no recibir una hostia sorpresa. Había sucedido más de una vez, con resaca, recibir un hostión por la calle por algo que habría hecho borracho y que nunca era capaz de identificar, pero que ya asumía como parte de la vida que llevaba. La vida era una tirada de dados, nunca sabías lo que iba a suceder, pero tampoco era tan relevante porque tampoco te ibas a acordar.
“Qué pasa mariconazo, ¿Cómo te va?”
“Cuidado con lo que dices, Robi, que ahora te pueden meter en la cárcel por usar expresiones como esta”
“Bueno, no te quejes tanto que en tu condición te hubieran matado o quemado hace años”
“¿Mi condición?”
“De marica”
“Aunque tienes mucho mejor cara que la última vez que te vi, eres igual de imbécil y tienes la capacidad de hablar mierda intacta”.
Así que, ¿siempre había sido un cretino? Pensaba que era algo que se había creado tras la pérdida de Claudia… lo que hacía cuestionarme quién era yo en realidad. Quizás tenía idealizado mi “yo” antes del accidente, pero que en realidad no era tan distinto a quién era en el presente. Esa parecía una pregunta importante, ¿Quién soy? ¿Quién era? O sobre todo ¿Quién quiero ser?. “Te están hablando, ¡capullo! ¿Crees que ahora es el momento de ponerse filosófico-introspectivo?”. Es tremendo que tu nazi mental sea el que ponga orden en tu vida.
En una breve conversación con David descubrí que no hacía tantos años que no nos veíamos. De hecho, hacía unos pocos meses. David era la persona que me había encontrado con la chorra fuera, meado y comatoso, y fue él quien llamó a la ambulancia y se esperó a que llegaran. “Tenías tan mala cara que tuve que reconocerte por tu glande”, bromeó. Reconozco que me hizo gracia, y me dio rabia no haber sido yo a quién se le ocurriera este comentario tan gracioso. David vivía cerca de mi casa y me explicó que cada ciertos meses me encontraba por la calle, tambaleándome y balbuceando sin sentido, pero que en los últimos años dejó de saludarme porque ya no era capaz de reconocerle debidamente, pero en los inicios de mis desvaríos incluso llegó a comprarme comida en varias ocasiones para que se me bajara la borrachera, incluso me llevó más de una vez a casa a dormir la mona. No me acordaba de nada.
Le expliqué a David toda mi epopeya terapéutica de los últimos meses y noté que se emocionaba, se le pusieron los ojos rojos y la voz temblorosa. ¿Tanto le importaba a la gente? “No lo creo, das pena. Sigues dando asco. Pide una cerveza, pide una cerveza”, me están hablando, Hitler, no me distraigas, tú a lo tuyo.
“Pensaba que te habíamos perdido para siempre. Yolanda se volverá loca de alegría cuando le explique todo esto. Deberías venir a cenar un día a casa, ver cómo están los niños”. - ¿Niños? Me pregunté – Aleix está hecho todo un hombre, está en plena adolescencia, y María... ¡Ay! María no la debes conocer, es... - noté que frenó, inicialmente para pensar la palabra para definir algo inefable como el amor a una hija, pero pronto dudó en si era conveniente hablarme de eso.
“Tranquilo que no me voy a suicidar por verte feliz. Me encantaría venir a veros" - rompí el momento incómodo - "De verdad, y tengo mucho tiempo libre, todavía no he vuelto a trabajar y así te animo un poco. Pon un ebrio en tu vida. Bromas aparte, me encantaría.”
Me encantaría dije, dos veces. Uau! Pero lo potente es que realmente sentí que me encantaría, aunque a su vez sentía un miedo atroz. ¿Qué es lo que realmente tenía que contar? No había hecho nada en los últimos once años. Me invadió una tristeza enorme. ¿Qué podía contar aparte de mis terapias? Queriendo borrar mis recuerdos acabé borrando mi vida, me había convertido en un Don Nadie.
¡Ah sí! Podía explicarles que había tenido una primera cita con una chica, una mujer.
Sí, ¿no os lo había contado todavía?
Bueno, era solo una cita. No suponía gran cosa.
Imagino lo que podéis estar pensando: “¿Se apellida Martínez? ¿Es la psiquiatra?”
Lo cierto es que no. Y no porque no fuera encantadora, pero aparte de que sigue siendo mi Doctora con la que tengo una relación de agradecimiento infinito, a menudo la realidad difiere mucho de la ficción, en la que todo encaja a la perfección, dónde todo está orquestado y definido al milímetro y los finales de las historias encajan con los inicios. Así que no se trata del inicio de una historia digna de película hollywoodense. Se asemejaría más a la construcción de un edificio, tan duro, costoso, aburrido como eso y a la vez, cuando termina, tan acogedor para las personas que viven en él. Además, había explicado que la Doctora me recordaba a mi hija muerta, y eso hubiera sido raro a todos los niveles, no hace falta ser psicoanalista para darse cuenta de ello.
Pero el jodido mérito no fue tener una cita. Eso es incluso…fácil. Podía tener decenas de primeras citas. Lo difícil fue llegar a la segunda cita habiendo explicado mi bagaje vital y patológico.
Lo mágico, lo imposible fue que, en esa segunda cita, la llevé en coche al restaurante. En coche.
Eso sí fue para enmarcar. Aunque debo reconocer que estuve ensayando una semana entera el trayecto desde su casa hasta el restaurante, sudando como un condenado cada vez que cogía el volante, con el aire acondicionado a potencia máxima y aún así, el sudor goteaba por mi frente.
Sentía que las tornas habían empezado a girar, la vida había empezado a acelerar. El partido estaba en marcha:
Robi 1 – Alcoholismo 0
Comentarios