∞- P (Parking)
Has llegado hasta aquí quizás solo movido por la curiosidad de poder coquetear con un segundo final, o tal vez sea por ese sentimiento omnipotente del libre lector, capaz de imaginar el destino de los protagonistas de las novelas por las que navega. Puede que sea por la avaricia, cuantos màs finales mejor. O quizás sea por un sentimiento justiciero hacia nuestro protagonista, Robi, alguien que ahora ya pasea entre nosotros, alguien que quizás camina por las calles de tu ciudad, con el que quizás te has cruzado esta mañana, puede ser que estuviera tomando el café en la misma cafetería que tú. Puede ser que este sentimiento justiciero te haga pensar que merece un destino menos catastrófico. ¿Quieres jugar a ser Dios, entonces? ¿Hacer un retroceso en el tiempo, borrar el final, cambiar el destino?
No quieres conformarte en ser un simple lector y quieres convertirte en lector-elector. Poder escoger, tal y como pudo hacer Robi en el inicio de la historia en la que da “marcha atrás” para elegir otro camino en la vida.
Ten cuidado, y usa este poder con sabiduría. Piensa que la diferencia principal es que nuestra vida, la real, es lineal, y en el momento en el que abandones esta linealidad y elijas un final distinto, entonces empezará el juego. El juego que hacemos cuando imaginamos "¿y si en lugar de haber hecho X hubiera hecho Y?". Pero lo cierto es que en nuestra vida siempre hay una sola elección, y el rechazo de las demás infinitas. Este acto de retroceso en el tiempo de nuestra historia, este cambio teleológico supone simbólicamente la muerte de nuestro protagonista. Destruye todo el criterio de realidad que se ha ido construyendo alrededor de Robi, asesinarás su humanidad para convertirlo en una ficción moldeable. Ese ser que durante días habíamos logrado que fuera de carne y hueso, desaparecerá, para dejar en su lugar un monigote, un personaje simple de novela de los años 90 de los de “Elije tu propia aventura”. El mundo no tiene por qué ser cruel, el final no tiene por qué ser triste, tal y como lo has leído.
Aunque tienes la libertad absoluta de parar la lectura ahora mismo y aceptar la realidad fatal que Robe ya ha vivido, el final terrible que ya has leído anteriormente.
Tú decides, es tu lectura: Dejar las cosas como están, o poder extinguir el dolor, hacer desvanecer la pérdida de nuestro protagonista para pasar a un final apacible. ¿Pero apacible para quién? ¿Es para Robi, o es que acaso es por ti, que quieres ese final? ¿Quieres un mejor fin para Robi o es que quieres la tranquilidad de saber que algunas historias tienen un final feliz, para poder extrapolar esa conclusión a tu realidad?
Sea como sea, deja que satisfaga tus caprichos, has leído un final, tienes otro por delante. Estás advertido/a.
Ahora ya depende de ti.
Firmado: El Autor
Ahora sí, si quieres cambiar el destino… continúa:
8.B- (P) Parking:
Creo que dije: “demasiado feliz”. ¿Existe eso? ¿Se puede ser demasiado feliz?
Cuando lo escribí igual quedó pretencioso, o puede ser que fuera adviento de alguna desgracia, haciéndolo sonar como algo negativo. Pensándolo, creo que no se puede ser demasiado feliz.
Creo que poco feliz ya es mucho. Creo que un gramo de felicidad suma, independientemente de la cantidad que podría caber en una vida.
¿Me estaré agilipollando? Seguramente. ¿Me hubiera pegado a mí mismo, a mi "yo" de ahora si mi "yo" de hace 5 años si me hubiera conocido diciendo estas cursilerías en voz alta? Probablemente. ¿Mi Hitler interno, ahora silenciado, debe estar retorciéndose de dolor y de asco, vomitando mientras escucha mis pensamientos? Posiblemente. ¿Me molesta algo de todo esto? No. Me la pela. Me da absolutamente igual lo ingenuo que suene, pero esto es como estoy ahora. Es quién soy hoy. Es como me siento ahora mismo: agradecido.
Agradecido con Dios, agradecido con el destino, con las personas que me han acompañado en este camino, a Ana, a mis amigos, a la Doctora Martínez, pues sin ella nunca habría llegado a recuperarme, nunca habría llegado a trabajar en la Comunidad Terapéutica y lo que aprendí allí. Sobretodo lo que aprendí allí.
Me sentía arrebatadamente agradecido mientras agarraba la mano de Ana con mis dos manos, apretando fuerte, con dulzura, pero no demasiado fuerte para que no se quejase. “Con la vía y el gotero puesto me haces daño si me aprietas tanto”, decía. Dejad que os explique:
Íbamos en coche. Habíamos decidido irnos de vacaciones a la Toscana dos semanas. Estábamos cerca de Cannes, a menos de dos horas de la frontera italiana. Habíamos dormido en Marsella en un lugar horroroso, infecto. Ella se había levantado y me había dicho que estaba extraña, dormida, cansada, que no se encontraba muy bien. “No te preocupes, hoy conduzco yo todo el día”. Me cogió del brazo, me giré, “¿qué pasa?”, ella no podía hablar, no podía responderme, abrió los ojos como platos, se tocaba el pecho, se tocaba la garganta. “¿Amor, que te pasa, me estoy asustando?”. Pasaba algo grave.
“Robi, por Dios, no choques con nada. Robi, tranquilo. Robi, controla el volante. Un Hospital, rápido, sal de la autopista. Sal de la autopista y busca ayuda”. En la salida de la autopista paré el coche e hice aspavientos a una persona que trabajaba allí. “Hospital, hospital” repetía, la persona no entendió nada de lo que intenté explicarle, pero comprendió que se trataba de algo grave y se puso a llamar mientras se acercaba y veía a Ana agonizante. La saqué del coche e intenté hacerle un masaje de reanimación tal y como recordaba que nos habían enseñado en la Comunidad Terapéutica, aunque en mi estado de alarma era difícil hacerlo como tocaba. Ana yacía inconsciente con los ojos semi-abiertos. “Mierda, mierda, mierda”. La francesa me estaba hablando y acariciándome el hombro, hablaba como si tuviera una puta baguette en la boca, no entendía nada, o eran mis putos nervios. Solo entendí “ambulancia” y “hospital”. No sé cuánto tardaron, probablemente poco. Yo estaba agotado, sudando.
Fallo cardiorrespiratorio.
Sin antecedentes.
Totalmente imprevisible.
Yo solo apretaba y apretaba, haciendo un masaje cardíaco tal y como había aprendido trabajando en la Comunidad, haciendo los parones justos para insuflar aire en sus pulmones. En mi cabeza sonaba “La Macarena”, que es la canción que nos habían enseñado que ayudaba a mantener el ritmo de masaje ideal. Era un poco ridículo. Mi amor completamente inconsciente, más cerca de la muerte que de la vida y en mi cabeza sonaba “dale a tu cuerpo alegría Macarena, que tu cuerpo es pa darle alegría y cosa buena”. No respondía.
La chica de las autopistas (la de las autopsias por suerte no llegó) lloraba y decía cosas en un idioma que era incomprensible para mí. Veía el mismo final funesto que yo. Escuchaba la sirena de la ambulancia. “Aguanta Ana, por favor aguanta, ahora esta gente te salvará, aguanta por favor”.
No pedía gran cosa a la vida. Solo pedía unos años de tregua. No el resto de mi vida, pero sí unos años sin pérdidas. Una tregua más larga que la de Benedetti.
Y se me concedió. Vaya si se concedió. A veces me pregunto si existen otras realidades, otros universos en los que existe algún Robi al que se le haya arrebatado lo último y más preciado preciado que le quedaba.
No sabía a quién había que darle las gracias, si a Dios, Budha, al personal médico o al Monstruo del Espagueti Volador. Pero Ana abrió los ojos tras tres descargas del desfibrilador. Cogió aire, mucho aire. Miró desconcertada, asustada. Como si hubiera despertado de una pesadilla muy larga.
En la ambulancia le fui explicando lo que había sucedido con ayuda del personal de emergencias. “He saved you” dijo uno. “You” dije, señalando a esos héroes invisibles, “you”. Los idiomas no son lo mío.
"Sentía que te perdía" – le dije con la voz rota, llorando, tapándome con una mano la cara y con la otra agarrando su mano sin soltarla un minuto.
"¿Y fuiste a tomar una cerveza para celebrarlo?”
Quizás por eso me enamoré de ella, tenía mejor sentido del humor que yo, incluso con medio cuerpo en el otro barrio.
"No te vuelvas a ir así"
“La próxima vez te aviso unos días antes”.
El mundo es un lugar cruel.
Sí, realmente cruel, pero con rincones escondidos de benevolencia.
Tenía ganas de llorar al saber que yo, habiendo besado los suelos del infierno, podía llegar a aparcarme, cobijarme, en uno de estos espacios.
Saber que podía haber un espacio de amabilidad y de amor en esta vida reservado para mí.
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