3- Primera marcha (arranca)
Los médicos se equivocan, muchas veces. La Doctora dijo que era imposible sacar los intestinos, el hígado y los pulmones por la boca. A la vez.
Correr un quilómetro fue lo justo y necesario para tirar por los suelos toda teoría conocida acerca del cuerpo humano. Un quilómetro y mis vísceras salieron de mi cuerpo en una llamada de socorro. Fue un extraño y desagradable descubrimiento. Si algo tenía el alcohol es que lo mantenía todo en su sitio. Me cagué en los médicos y sus consejos de mierda.
Según Lucía, la Doctora Martínez, (sí, que pasa, ya hay “confi” y la puedo llamar por su nombre de pila. Huele a envidia por aquí), estaba haciendo una buena evolución. ¿Buena evolución? ¿Qué es eso? Parece que pasé de simio a bípedo o algo así. Pero parecía contenta que asistiera a las terapias grupales, aunque no servían para una mierda. Poníamos sillas en círculo, se sentaba con nosotros el psicólogo, un señor con bata (que se quitaba al iniciar la terapia como un simbolismo barato de cercanía, aparentemente espontanea pero en realidad orquestada al milímetro) y con la típica cara que te imaginarías de un psicólogo: con gafas negras rollito intelectual, barba ordenadamente desaliñada, nariz judía y el pelo despeinado con una alopecia acechante, que se dedica a mirar a todo el mundo a los ojos de manera incómoda y asentir tras preguntarnos uno por uno “¿cómo te sientes hoy?”. Se dedica a escuchar toda la mierda de vida que han tenido los asistentes y fin del grupo. No sé si era alentador o todavía más preocupante, pero me di cuenta de que no me llevaba la estatuilla de oro en vidas de mierda, pero quizás servía para sacar un rato la cabeza de mi culo.
A menudo me gustaba inventarme historias raras para tocar los cojones al psicólogo, como la vez que intenté que mi gato y mi conejo tuvieran relaciones sexuales porque quería crear una especie de quimera. O cuando expliqué en el grupo que me había masturbado una vez escuchando a mis padres discutir. ¡Psicoanaliza eso “Freudy”!
Lucía decía que lo más difícil es empezar, el dejar de beber. También lo decía la gente en los grupos. Creo que la gente repite como loros discursos que han inventado personas que no han tenido problemas con la bebida en su vida. No creo que lo peor fuera empezar. No beber un día es fácil, lo he hecho millones de veces, decirme que no voy a beber más, no beber una semana, un mes... Pero si lo piensas, cuando llevas un tiempo tratándote te das cuenta que te están pidiendo que no bebas más en tu vida. Nunca más. Es como vivir en una puta guerra nuclear en tu cabeza y que te pidan no esconderte en refugios subterráneos, sino simplemente esperar ahí fuera que las bombas estallen sin que te vuelen los sesos.
La primera semana quería matar a alguien, matarme a mí, a cualquiera, a muchos, matar a todo el mundo. Todo el mundo me parecía una botella de alcohol andante a la que había que arrancarle la cabeza (el tapón) y empezar a sorber como un poseso, me sentía como una especie de vampiro “sangrohólico”.
“No existe este término”, lo sé, lo sé. Mi Hitler interior es también mi asesor de corrección lingüística. No existe nada, tampoco existes tú. A duras penas existo yo.
Entiendo por qué la gente vuelve a caer en la bebida. La sobriedad es desagradable, incolora, dolorosa e infumable. Estar sobrio es descubrir que la vida es realmente gris. Aterradoramente gris. Que los colores que veía en mis buenos tiempos en realidad eran un espejismo de una vida privilegiada de la que una minoría puede gozar, pero la realidad es asquerosamente grisácea. Decir que la vida es bonita, bella y llena de colores es como una especie de estafa piramidal, un mensaje que se transmite de generación en generación para que todo el mundo se lance a la búsqueda de un tesoro que ni siquiera existe, para que al final algún gilipollas te diga que lo más importante no era el tesoro sino los amigos que has hecho por el camino.
“Creo que estás cabreado, y tienes derecho a estarlo”, decía Lucía. Era realmente difícil cabrearse con ella. Era la excepción que confirmaba la regla. Estaba hasta los cojones y quería beber como un cosaco. Pero algo en la Doctora me frenaba. Quizás tenía algo que me recordaba a ella, a Claudia. Quizás si Claudia hubiera podido llegar a ser adulta se habría parecido a la Doctora. “Cuando sea mayor quiero ser médico”. ¿Llegó a decirlo? Creo que sí, aunque quizás esto tampoco es nada especial en una niña.
“Me interesa ver que sucede en tu cabeza cuando dejes de estar tan cabreado. No lo vas a estar toda la vida, así que veremos qué pasa”. Aunque dentro de mí no tenía ningún sentido. Podía estar cabreado toda mi vida, casi era placentero estarlo. Cagarse en todo era la única vía que me quedaba para sentirme ingenioso, ágil.
Me animó a ver qué sucedía si intentaba vencer alguna adversidad, como por ejemplo, volver a conducir, que quizás era pronto pero que quizás si alquilaba un coche, me sentaba en él, si encendía el motor... podíamos ver qué pasaba. Todo era “a ver qué pasaba”.
Pasaba que nada más sentarme empecé a tener náuseas, la cabeza se me iba, sentía un pitido en los oídos, como si me hubiera caído contra el suelo. “¿Dónde está una buena petaca de whisky cuando la necesitas?”. Las manos me temblaban. “Calla, joder, cállate”. Me recompuse y cogí el volante. Un escalofrío recorrió desde las manos, brazos, codos, llegando hasta la columna vertebral y desde ahí esparciéndose por todo mi cuerpo. Giré la llave y encendí el motor. Empecé a sentir el rugido de la gasolina quemando, el despertar de los engranajes… “a ver qué pasa”:
Que lloré como un bebé, no sé durante cuánto rato, ¿una hora… dos?. Lloré, lloré y lloré tanto que casi podía inundar los nueve círculos del infierno. No podía parar. Y tras eso sentí algo muy extraño (aparte de mis habituales ganas de beber). Me hubiera gustado decir que me sentía aliviado, pero no era alivio, era… no lo sé, era la consciencia total de que yo era un ser roto, de que algo en mí no funcionaba. Era la tranquilidad de la claridad, una mirada en el espejo para ver toda la suciedad en mi cara y en mi vida. Claridad y a la vez tan opuesto al alivio. Quizás la tranquilidad cuando descubres qué es lo que hace que el motor no prenda, aunque todavía no lo hayas conseguido arreglar.
La Doctora creía que podía arreglarme. ¿Pero podía?
“Tras el cabreo se esconde una enorme tristeza” dijo “lo que hay que ver es si eres capaz de atravesarla”.
Nunca se me ha dado bien hacer el ridículo ante una dama, así que para no mostrar cobardía decidí alquilar un coche un día a la semana. Construí mi “Lloratorium” particular en un Fiat 500. Semana tras semana, lágrimas tras lágrimas…
Hasta que un día mi mano se puso en el cambio de marchas y “plac”, puse primera, y arranqué.
Seguía llorando, eso sí, mientras hacía un par de vueltas por el parking de coches de alquiler, como un niño cagado de miedo en un karting de polígono industrial, siendo adelantado por todos los “canis” de la zona que van a doscientos. Ese niño asustado era yo, sentía como todo el mundo me había adelantado en la vida mientras yo seguía llorando, temblando con el volante en las manos, dando vueltas sin ir a ningún lugar en particular.
¿Podría ser más fuerte que el dolor? ¿Sería capaz de dejar de odiar, de conocer a alguien, de volver a querer? ¿Podía ser el amor un parche al dolor de la pérdida de Claudia? Quizás mi madre tenía razón cuando decía que el amor podía ser la cura a la enfermedad.
Es algo congénito en las madres, que siempre tienen la razón.
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