8- Siniestro total

No lo merecía.

No había hecho nada en mi vida para merecerlo.

Ni yo, ni Ana.

Puedo ser la prueba viviente de que Dios no existe.

O de que si existe no nos quiere, no nos ama. Nos odia con todas sus fuerzas. Los humanos somos sus muñecos de barro, sus cagadas después del cigarro y el café. Nos matamos entre nosotros porque estamos hechos a su imagen y semejanza.

No le había pedido nada a la vida. Nada. Durante una cuarta parte de mi vida solo quería morir lentamente, aletargado, borracho, simplemente no ahogado con mi propio vómito. Cirrótico quizás, pero no lamentablemente ahogado por mis propios efluvios.

No pedía nada de lo que vino después. Aunque vino y lo abracé. Tardé en abrazarlo, en creérmelo, pero acabé abrazándolo, sin expectativas y sin deseos hacia el futuro, solo mantenerme en ese instante sin cambios. No pequé nunca de ambicioso, no pensé a lo grande.

¿A quién coño podía culpar sino? ¿A la Doctora por querer darme una vida mejor? ¿A mi puta madre por creer en el amor? ¿A Ana y su maldito cuerpo perfectamente deficiente? ¿Era acaso culpa mía? Me cago en mis muertos, en todos los muertos que me rodean. A todas las personas a las que he sobrevivido, a todos los que voy a sobrevivir, a todos los cadáveres que me persiguen cada noche y que no me dejan dormir más.

¿Queréis una historia digna de cine? ¡Aquí tienes el drama servido! Os regalo esta imagen épica en la que Ana murió en mis brazos, suplicando por la vida, suplicando para que no me fuera, suplicando a su madre. Gritaba “¡Mamá, mamá! ¡Ayúdame!”. Como una puta tragedia griega.

Íbamos en coche. Habíamos decidido irnos de vacaciones a la Toscana dos semanas. Estábamos cerca de Cannes, a menos de dos horas de la frontera italiana. Habíamos dormido en Marsella en un lugar horroroso, infecto. Ella se había levantado y me había dicho que estaba extraña, dormida, cansada, que no se encontraba muy bien. “No te preocupes, hoy conduzco yo todo el día”. Me cogió del brazo, me giré, “¿qué pasa?”, ella no podía hablar, no podía responderme, abrió los ojos como platos, se tocaba el pecho, se tocaba la garganta. “¿Amor, que te pasa, me estoy asustando?”. Pasaba algo grave.

“Robi, por Dios, no choques con nada. Robi, tranquilo. Robi, controla el volante. Un Hospital, rápido, sal de la autopista. Sal de la autopista y busca ayuda”. En la salida de la autopista paré el coche e hice aspavientos a una persona que trabajaba allí. “Hospital, hospital” repetía, la persona no entendió nada de lo que intenté explicarle pero comprendió que se trataba de algo grave y se puso a llamar mientras se acercaba y veía a Ana agonizante. La saqué del coche e intenté hacerle un masaje de reanimación tal y como recordaba que nos habían enseñado en la Comunidad Terapéutica, aunque en mi estado de alarma era difícil hacerlo como tocaba. Ana yacía inconsciente con los ojos semi-abiertos. “Mierda, mierda, mierda”. La francesa me estaba hablando y acariciándome el hombro, hablaba como si tuviera una puta baguette en la boca, no entendía nada, o eran mis putos nervios. Solo entendí “ambulancia” y “hospital”. No sé cuanto tardaron, probablemente poco. Yo estaba agotado, sudando.

Fallo cardiorrespiratorio.

Sin antecedentes.

No se podía hacer nada. Murió en la ambulancia.

Muerte súbita.


No volví a beber. No por nada especial. No como un gesto heroico de lucha. No para ser ejemplo de nada. Creo que por derrota, por una derrota absoluta, por un K.O. técnico, por abandono del terreno de juego por lesión, por siniestro total. 

Porqué aquí, dentro de mí, ya no quedaba nada para destruir. No quedaba nada de Robi, tampoco del Hitler que había crecido en mí con mi alcoholismo. Creo que incluso porque quizás, en mi situación, más destructivo que beber a diario es no beber ningún día en absoluto, alargar esta mierda hasta el fin, hasta que el cuerpo aguante.

No te cuento todo esto para que sientas lástima de mí. Para que pienses que la vida, que Dios, el destino, el Universo se ceba conmigo. Tampoco para que busques un sentido trascendental a esta mierda que te estoy contando, o que pienses que de alguna manera en alguna vida anterior debía ser un hijo de puta, que tocaba a niños y violaba a abuelas, que merecería todos estos castigos. Honestamente me da igual tu opinión, me da igual lo que pienses de mí. Me da igual la mía. No te cuento todo esto para dar ninguna lección acerca de la injusticia de la vida. Mi vida es mala, bastante mala, no es peor que otras. Es una vida, y ya está. No tiene más profundidad que esto. Otra vida más.

¿Para qué la escribo, entonces?

Porqué cuando muera (Dios quiera que pronto, pero viendo lo gracioso que es probablemente muera a los 100 años) mis tatuajes morirán conmigo, mis muertos morirán conmigo.

Y quiero que Claudia quede. Claudia existió, Claudia fue una niña feliz, ajena a los problemas de la vida, a mis problemas de matrimonio con Irene. Claudia era ajena a una separación que se nos venía encima, ajena a un mundo caótico, podrido. Ajena a una muerte dolorosa. Escribo todo esto porqué Ana existió, la amé, porque era buena, jodidamente buena. Me vio roto, me vio mientras me cosía y se quedó, esperando a qué algo dentro de mí dejara de oler y desear el caos, porque me hizo creer que otra vida era posible. 

Porque quiero que quede su tinta en este mundo, y la de mi piel se borrará.

Quizás escribo esto porque cuando hay un siniestro, es siniestro porque lo que había antes, lo no siniestrado, el vehículo que choca, lo que muere es el amor. Amor que existió. 

Y hay que dejar algo de esto, algo de amor escrito, en este mundo accidentado.

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