5- Tercera marcha (acelera un poco más)
La aguja iba perforando mi piel, puntada a puntada, como una máquina de coser, dejando un camino de tinta que, minuto a minuto, hora a hora, iba formando las letras. Primero una C, después una L, después una A, una U, una D, una I, y finalmente una A.
“Si queda en tu piel, un lugar en el que puedas ver y consultar siempre, quizás no necesitarás tenerlo tatuado en tu cabeza 24/7”, había dicho David. No me pareció una mala idea, parece hice bien en rodearme de amigos que fueran más listos que yo.
Además, coincidió con que rebuscando en cajas y cajones olvidados de mi casa para preparar la mudanza, encontré un dibujo que Claudia había realizado poco antes de morir. Uno en el que había dibujado a toda la familia, incluso había dibujada a Irene con barriga y le había puesto nombre al futuro bebé. Claudia quería que se llamase “Claudio” en caso de que fuera chico. En caso de que fuera chica quería que se llamara “Claudia dos”. No era la chica más creativa (¿O si?). El tema es que en ese dibujo ella había escrito su nombre, así, con letras de niña de cuatro años, así que decidí tatuármelas tal cuál en el pecho, cerca del corazón.
“Con todos mis respetos, es una horterada. Será lo que más quieres en el mundo, pero esto es feo, feo.” - No lo dijo mi pequeño Hitler, no. Fue Ana. – “Creo que incluso me va a costar verte desnudo con esto en tu pecho”
Ana es verbalmente como mi pequeño Hitler pero con sexo añadido. Y algunas otras ventajas.
De hecho, desde que Ana entró en mi vida, mi pequeño Hitler fuer perdiendo voz y voto. Le han quitado el trabajo. No sé si es algo bueno o malo, pero ha ido quedándose sin armas, sin campos de concentración, lo han ido arrinconando… cada vez lo sentía más encerrado en su búnquer. Quizás no mueres hijo de puta, pero de aquí no sales. Soy un superviviente a tu holocausto mental. De hecho, ya ni me contestaba cuando le increpaba.
Parecía que las cosas iban acelerando cada vez más: había cumplido un año y medio de sobriedad, incluso en los grupos de apoyo me dieron un llavero de plástico de color verde, además de un buen aplauso. Pero lo del aplauso era un tema aparte. Se aplaudía por todo, alguien llegaba, se le aplaudía. Alguien decía que había recaído, se le aplaudía. Alguien se levantaba para ir a cagar al baño, se le aplaudía. Tenías un aplauso mientras tu zurullo buscaba desesperadamente la libertad del mar. Una cotidianidad épica.
También hacía un año desde que me reincorporé a trabajar. La misma semana hizo un año de mi inicio de relación con Ana. Mi imagen acerca de la vida no había cambiado mucho, me seguía pareciendo gris en términos generales, pero dentro de los grises se podían ver colores tenues, como la primera Game Boy Color. ¿Os acordáis?.
La vida se estaba poniendo interesante.
Antes de mi alcoholismo era técnico informático para una compañía telefónica. En la práctica, configuraba enrutadores a distancia. Era un coñazo. Con todos mis respetos a los coños, que adoro. No todos, algunos concretamente más que otros. Creo que me estoy metiendo en un jardín del que no sabré salir fácilmente.
En el presente estaba a media jornada en un trabajo de acompañante terapéutico en una Comunidad Terapéutica de adictos.
Yo, acompañante terapéutico.
Con la filantropía que me caracterizaba. Se ve que alguien le pareció que el sarcasmo podía ser más potente como herramienta sanadora para los yonquis que no contratar a alguien que realmente supiera lo que debía hacerse, alguien con estudios. “El humor cura” dijo Ruben, mi jefe. El rollo este de las historias de superación y bla, bla, bla. Creo que es una moda. Al final, no sé si es cierto que se entiende más a un yonqui tras haber sido uno. Cada uno cae en esa mierda por motivos distintos. Parece el mismo pozo, pero no lo es. Lo único con lo que podía empatizar con los demás usuarios era con el placer que se siente al estar bebido. Pero acerca de la vida, creo que para eso están los profesionales, para enseñar a vivir de la mano de alguien que lleve mucho tiempo sabiéndolo hacer.
Aparte de mi rol como Dr. Vodka, dedicaba algunas horas a trabajar en negro reparando ordenadores en el negocio de un amigo, así también podía actualizarme para regresar a mi profesión de origen.
Con Ana… bien. Muy bien. No sé muy bien qué contar. Empezar no fue fácil. Seguramente fue más difícil para ella que para mí, que debía convivir con alguien con una vida derruida y un anterior matrimonio supuestamente perfecto. Pero Ana tenía las cosas claras y no estaba por gilipolleces, me ponía en mí lugar con cuatro frases, y seguramente eso era algo que necesitaba.
Así que la mudanza que mencionaba era con ella. Las cosas iban suficientemente bien como para plantearse un cambio de vida importante. Decidimos mudarnos a un piso nuevo. Ella estaba de alquiler, nos veíamos y dormíamos juntos cuatro o cinco días a la semana. Decidí vender mi piso, el que había sido “nuestro” piso, en el que sus fantasmas todavía habitaban. Necesitaba un cambio de aires. Incluso mi propio fantasma alcohólico vivía allí. Quería cambiar los baños en los que vomitar. Ir a un lugar más pequeño, sin habitación infantil. Así que tras vender mi piso me llevé las cosas más importantes a su casa y durante unos meses estuvimos buscando cuál podría ser nuestro nuevo hogar hasta que dimos con un lugar oportuno, cómodo.
Ana era divertida, inteligente, ágil. Tenía siempre una respuesta mejor y más rápida a mi sarcasmo. Descubrí el sabor de la derrota dialéctica, más dulce de lo que parecía en un inicio. Redescubrí que perder yo para que alguien a quien quería ganara, podía hacerme más feliz que mis victorias.
No sé si el amor me sanaba o si estar más sano me permitía amar mejor.
Me sentía en buena forma física. Había perdido peso en la barriga y se había repartido por todo el cuerpo dándome un aspecto más sano. Incluso, ¿Tenía más pelo?, quizás me estoy flipando y simplemente es que lo tenía más bonito, arreglado. El tema es que ya no daba asco mirarse en el espejo. Ya no moría cada vez que salía a correr.
Solo quería que el momento que vivía se congelara. No le pedía más a la vida.
Comentarios