6- Cuarta marcha (velocidad de crucero)
Pedí demasiado.
Cuando las cosas van bien, se estabilizan y empiezas a acomodarte. Cuando te acomodas durante un tiempo empiezas a confiarte. Cuando te confías demasiado pierdes el miedo a todo. Cuando pierdes el miedo a todo… el demonio vuelve a tocar a tu puerta.
No llegué a vomitar en el nuevo baño de mi casa, pero casi.
Hubo una discusión con Ana, algo absurdo relacionado con la convivencia. Algo en lo que ninguno de los dos quería dar su brazo a torcer. “Los dos somos Tauro”, dijo ella, como si acaso eso fuera un insulto. Como si fuera de algún modo ofensivo la manera en la que estaban dispuestas las estrellas mientras salías del coño de tu madre. Creo que todavía me cabreó más que lo dijera. No la veía capaz de hacer un comentario de este tipo de esoterismo pseudocientífico para explicar que estábamos siendo los dos gilipollas y unos malditos orgullosos. Que en lugar de colaborar estábamos compitiendo.
Es el peligro de dejar de estar atento cuando todo va bien.
Quedé con Joan (¿Qué pasa? Tengo más amigos de los que no he hablado) y a pesar de sus advertencias, que deberían haber sido señales claras para mí, no hay camino que no pueda torcerse por un simple e inocente “si tomo una no pasa nada”. Después de más de dos años, ¿qué daño podía hacer una cerveza?, “Los egipcios ya hacían cerveza, Joan, ¿para que querrían ellos hacer algo que podría dañarme?”. Cuando metes a los egipcios en un argumento ya prácticamente has vencido.
Volví a sentir esa sensación añorada, la del alcohol atravesando mi garganta, lentamente, calentándola, abrigándola y acariciándola, revitalizando mi cabeza, provocando fuegos artificiales en mi cerebro. Sentía algo orgásmico... además, me sentía vencedor: “he podido beber una sin que pase nada. Lo he superado.”.
Debí haber parado cuando Hitler salió de su búnquer en modo “berserk” pidiéndome más y más, riéndose de mí, de mi amigo Joan, de la Doctora, de todos. Hitler meándose en la cara de todo el mundo que alguna vez había apostado por mí.
En algún momento Joan dijo basta y parece ser que me cabreé con él, amenacé con pegarle y luché para que me dejara tomando algo mientras ligaba con la camarera, según mi recuerdo, con una elocuencia y savoir-faire descomunal. Pero desde fuera se veía torpe, baboso y lamentable. Por suerte Joan fue lo suficientemente insistente para que le empujara y nos echaran a los dos del bar. Mientras me discutía con los de seguridad, Joan me pasó el teléfono: “Es Ana” me dijo. “Traidor” pensaba Hitler/yo, quizás incluso lo dije en voz alta.
Ana fue clara, sonaba tranquila pero preocupada: “Tienes que venir ahora, sino lo pones en riesgo todo, tu vida y nuestra relación. Esto lo puedo aguantar hoy, pero no sé si puedo, si quiero vivir con este miedo siempre”. (Este fragmento lo sé bien por qué me lo recordó al día siguiente cuando estaba sobrio). Así que acepté dejé llevarme a casa por Joan y un taxista indio que parecía saber mejor que yo donde vivía.
Ana me dijo que se sentía más cómoda si dormía en el sofá y que “mañana ya hablaríamos”, no sabía como sentirme. Una parte de mí pensaba que no había hecho nada malo, otra empezaba a darse cuenta que la había cagado bien cagada. También me dijo que descansara, me dio un beso en la frente y me puso una manta.
Al día siguiente me desperté, mucho más consciente de todo lo que había sucedido. No quería volver cometer los mismos errores que había cometido en el pasado. Me disculpé con Ana y le prometí que le pondría remedio.
“No puedes hacerlo todo bien, lo raro es que no hubiera sucedido antes” – dijo la Doctora Martínez. Le pedí a Ana que me acompañara a la visita. – “Un alcohólico lo es para toda la vida. Así que tienes que tener más cuidado, pedir más ayuda a tu entorno, aunque tampoco puedes depender de ellos. No te puedes permitir una cerveza, no en tu caso. No puedes esperar a qué Ana te haga de madre. Si juegas con los límites de vuestra relación puede romperse”.
Se llevaban bien, se notaba, y no se si eso me gustaba o me molestaba.
“Pero solo ha sucedido una vez, y la relación la tenemos en crisis. Tú has tenido mucha más paciencia conmigo”.
“A mí me pagan para aguantarte. Ana lo hace por amor al arte” – me ahorré las posibles respuestas que tenía en mi cabeza. Pero lo cierto es que las psiquiatras son como las madres: siempre tienen la razón. Son incluso mejores, porque además te dan pastillas.
Quizás en esto es en lo que nos equivocamos con Irene, nos relajamos demasiado, viviendo en velocidad de crucero y empezamos a descuidarnos. Dicen que es de los momentos más peligrosos de la conducción, cuando hay más posibilidad de dormirse, cuando la velocidad constante. O cuando tomas una salida de la autopista y no has reducido lo suficiente la velocidad, porque yendo a 120km/h durante mucho rato, acaba dando la sensación de ir a 60.
Quizás por eso Irene se acostó con otro, quiso tomar una salida antes de que nos accidentáramos. Dejé de estar atento, de ser afectuoso. Claudia se convirtió en mi mundo y ella solo era su mamá, no mi pareja, era la cocinera, la organizadora del calendario… pero la despojé de sí misma, incluso le quité su nombre. Ya nunca más fue “Irene”, siempre fue “mami”. Quizás solo estaba buscando volver a ser ella.
También le quité esa oportunidad. No sé si ya me había castigado lo suficiente, no sé quién debe hacer de juez en la vida, pero parecía que con Ana y la ayuda que había recibido sí tenía la suerte y la oportunidad de hacer algo distinto. Podía hacerlo mejor.
Comentarios