7- Quinta marcha (adelanta)

Sé que no debía hacerlo, que es incorrecto en muchos sentidos, pero me sentía superior a la mayoría de las personas. No podía evitarlo. Sé que mi manera de comunicarme, en muchos sentidos podía denotar este sentimiento de superioridad. Pero no era así, no hasta ese momento. Antes podía hablar con arrogancia, pero precisamente quién actúa de manera arrogante a menudo es porqué no sabe como camuflar un sentimiento de inferioridad y de torpeza, como era mi caso, recubierto de (supuesto) ingenio y mordacidad.

Pero ahora si me sentía por encima de los demás. Me sentía con esa especie de superioridad moral o espiritual que da el estar enamorado.

Miraba por detrás del hombro a todas aquellas personas que se acababan de divorciar, que habían fracasado en sus matrimonios (como mi amigo Joan), o peor aún, aquellas personas que seguían encadenadas a un matrimonio deficiente, regular, vulgar, mediocre.

Me sentía superior a aquellos que jamás habían podido sentir el amor que sentía yo por Ana. Sentía que cogía velocidad en la vida. Que tras haber ido durante años en el karting dando vueltas sin sentido, siendo adelantado por los demás, había podido dar el salto a la autopista, donde circulan los adultos e incluso empezaba a adelantar a algunos coches. Yo, adelantando. Yo, con mi Opel Corsa de segunda mano adelantando incluso a algunos Porsche.

Qué loca es la vida.

Dejé mi trabajo como acompañante terapéutico. Por más que digan que ayudar a los demás es extremadamente gratificante, para mí era un trabajo. Como decía la Doctora “me pagan para aguantarte”. Ya me dedicaba “full-time” a lo mío, mis maquinitas y el contacto humano justo y necesario para saber cuáles eran mis responsabilidades del día y ponerme de lleno a reparar ordenadores. Una buena empresa, un buen sueldo, un buen horario. Sumado a unos buenos amigos y a una pareja increíble. 

Mi amor por Ana no dejaba de crecer. Con ello, Claudia poco a poco se había ido transformando. Había pasado de ser “aquello innombrable” a poder ser un recuerdo bello, un tatuaje en mi piel, una foto en el comedor. Aunque con el reconocimiento absoluto de qué sería una herida para siempre sin sanar. Una advertencia de que siempre corría el peligro de caer de nuevo en las tinieblas, de caer en un infierno del que es imposible aprender a nadar. Nadie podría jamás enseñarme a nadar en él, tan solo escapar lo más rápido posible.

Me atrevía a decir, incluso, que, tras más de trece años, (y no quería decirlo muy alto por un miedo atroz a nombrarlo y romperlo, a gafarlo, a que sucediera como en los cumpleaños, que si dices el deseo en voz alta se destruye), pero me atrevía a decir que (casi) era feliz.

Quizás incluso demasiado para mí.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Al partir

Arden